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La cárcel de la Agorafobia


La palabra Agorafobia procede del griego “Agora” (plaza) y “Phobos” (fobia) y básicamente se caracteriza por el miedo intenso a los espacios abiertos o a los lugares en los cuales puede ser difícil (o embarazoso) escapar, en el caso de tener un ataque de pánico o síntomas similares.

El temor y la angustia que sufre una persona con este trastorno de ansiedad, hace que se eviten los espacios abiertos, los túneles, los puentes, los lugares concurridos como grandes almacenes, teatros, conciertos, campos de fútbol etc. o un medio de transporte del que no se pueda salir rápidamente.

Cuando la persona se enfrenta a la situación temida, o simplemente por el hecho de pensarlo, puede empezar a tener una serie de síntomas como taquicardia, presión en el pecho, sensación de ahogo, mareos, desmayos, sensación de irrealidad etc. Todo ello hace que muchas personas con agorafobia no puedan salir de su casa sin ir acompañadas y en los casos más graves, ni siquiera puedan quedarse solas en su domicilio.

Es conocido el caso de la Premio Nóbel de Literatura del año 2004, Elfriede Jelinek, vienesa, que no pudo recoger el galardón concedido debido a la imposibilidad de viajar a Estocolmo, y el rey Gustavo de Suecia realizó una entrega simbólica del Premio, mientras la galardonada vio a través de la televisión, en su casa de Viena, la entrega de su galardón.

Estas personas viven sin libertad, prisioneras de su propio temor. Viven realmente en una cárcel creada y fabricada por ellos mismos. A veces, y es lo peor, sin esperanza de que algún día puedan sentir la libertad. Es una cadena perpetua.

Además de esa pérdida de libertad, pasan sus días con un sentimiento de culpa, preguntándose el porqué de su situación. Se comparan con los demás, con todos aquellos que salen libremente de sus casas, pueden caminar, ir a la playa, ir a un cine, salir de vacaciones, llevar al colegio a sus hijos…y ese larguísimo etcétera de las personas que pueden vivir sin ataduras.

Recuerdo el caso de aquel paciente que llorando me contaba que no había podido ir al entierro de su madre, que vivía a cien kilómetros. Me decía, que a un preso en la cárcel le autorizaban en esa situación a acudir al entierro. Sin embargo yo, me decía, que sólo soy preso de mí mismo en mi propia cárcel, estoy imposibilitado para decir el último adiós al ser más querido.

Se sienten culpables, no comprendidos, inútiles, y sobre todo, piensan que son una auténtica carga para los suyos. Sin embargo, aunque la situación en algunos casos sea tan dramática, este tormento es superable.

Hace unos años, en una terapia de grupo intensiva para personas con agorafobia, el primer día nos acompañó una señora que había pasado por este trance tan terrible y que había superado completamente su trastorno, después de una terapia individual. Se dirigió al grupo que comenzaba las sesiones y a los familiares de éstos y más o menos les dijo lo siguiente:

Yo me he encontrado como vosotros os encontráis ahora. Para ir a mi trabajo, que está a dos manzanas de donde vivo, me tenían que acompañar. No podía llevar a mis hijos al colegio, no podía ir a la playa aún viviendo en sitio de playa, ni siquiera acompañada. Los días festivos mi marido salía con los niños y yo me quedaba en casa acompañada por mi madre porque sola tampoco podía estar. No os voy a relatar mis angustias, ansiedades y desesperanzas, porque eran las mismas que sentís vosotros ahora. Sin embargo, sí os voy a decir algo que seguro a todos os sorprenderá y es que cuando ya ha pasado ese infernal proceso, me alegro de que haya ocurrido así porque hoy por hoy puedo vivir plenamente y feliz. Puedo disfrutar de un paseo. Quien está acostumbrado a hacerlo porque no tiene problema en ese sentido, no lo valora. Yo sí lo valoro y muchísimo. Poder salir, entrar, ir al trabajo, ir de vacaciones, pasear con mis hijos por la playa, salir a la cale llueva o nieve y sentirlo en mi cuerpo, ver en el campo la salida o el ocaso del sol. En fin, es vivir y sentir constantemente lo que antes yo misma me impedía. Creo yo que es algo parecido a aquella persona  que haya sido ciega y un día pueda ver. Ver una planta, un color, un edificio, la cara de su hijo… Los que vemos no lo valoramos porque estamos acostumbrados; pero aquél que antes no ha visto y hora pueda ver disfrutará constantemente como en mi caso disfruto yo.

Por eso os digo, que tenéis que hacer un esfuerzo porque todo en la vida requiere la voluntariedad y un decir “se acabó”. Con lo que vosotros pongáis de vuestra parte y la dirección del profesional, no tengáis duda de que un día y pronto, podréis manifestaros públicamente como yo lo hago ahora. No somos delincuentes condenados a cadena perpetua. Nadie nos ha condenado. Hemos sido nosotros mismos, sin quererlo, quienes nos hemos fabricado nuestra propia cárcel. Salgamos al espacio abierto, salgamos a la libertad.

 

Pronóstico y tratamiento de la agorafobia

Ya hemos dicho que en los casos más graves de agorafobia la persona, por el temor que tiene a sufrir una crisis de angustia, puede refugiarse en su casa y aislarse totalmente del mundo exterior. Esta situación entorpece en muchos casos que el tratamiento psicológico tenga éxito, ya que dependen de un familiar o alguien de su entorno para acudir a consulta, produciéndose en muchos casos el abandono del tratamiento.

La terapia psicológica online está dando muy buenos resultados en estos casos, ya que la persona empieza el tratamiento desde su casa y se van programando metas graduales y realistas. Estas metas pueden ser: bajar solo al portal de su casa, dar una vuelta a la manzana, ir acompañado en el metro por un familiar etc. Es una etapa en la que se explican los fundamentos del tratamiento y se empieza la reestructuración cognitiva. Una vez que la persona va adquiriendo confianza y va superando el “miedo al miedo”, puede ir recuperando su movilidad y autonomía y es en ese momento, cuando deberá acudir a la terapia presencial.

El pronóstico de la agorafobia es muy bueno con un tratamiento cognitivo conductual adecuado.

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