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Autoestima en la fobia social





La fobia social es un temor especifico y duradero a diversas situaciones sociales en las que la persona que lo padece se siente, al menos así lo cree y percibe, observada críticamente por los demás experimentando un temor irracional a que su conducta sea objeto de crítica y rechazo por parte de los otros.

Es un miedo a relacionarse con los demás. Miedo a participar en una conversación, miedo a acudir a una comida o cena de empresa, miedo a hacer una pregunta en clase, y siempre pensando que ese temor va a producirle una ansiedad tal, que le ocasionará temblores, sudoración, rubor y que esas alteraciones fisiológicas van a ser detectadas por otros de tal forma, que los posteriores comentarios hacia su persona, serán de una negatividad del orden de ser considerado como débil, ansioso, cobarde y torpe.

Hasta cierto punto la ansiedad social puede ser un hecho normal. Todos podemos ponernos nerviosos y alterados si tenemos que dar una conferencia o exponer un trabajo en público si no estamos acostumbrados a ello. Hay actores que se muestran temblorosos entre bastidores antes de aparecer en el escenario.

El problema comienza cuando estos hechos limitan la vida de una persona, si ante estas situaciones sociales diversas y comunes aparecen esos síntomas de ansiedad y esos pensamientos anticipatorios de cómo le van a considerar los demás,  le impiden relacionarse y le provocan una conducta de evitación.

Una simple comida de trabajo puede hacer que aquel que sufre de una fobia social se excuse de cualquier forma para evitar acudir al evento. Sin embargo, hay veces que las excusas no pueden esgrimirse porque la ocupación laboral de estas personas no se lo permite. Recuerdo el caso de un profesor de Universidad que sufría permanentemente al situarse frente a los alumnos para explicar cualquier tema. Desde el principio sentía una ansiedad manifestada por temblores y mareos y una angustia que le hacía detestar y aborrecer su profesión, y todo ello era debido al análisis anticipatorio sobre su actuación y las críticas posteriores que sobre su persona harían los alumnos acerca de no saber expresarse correctamente, temblores en voz y manos, tartamudeo y rubores.

Es un vivir constante con la ansiedad y la angustia como compañeras de existencia. Sin embargo, hay algo más grave y que les hace sufrir hasta límites insospechados y es la baja, bajísima estima que tienen de sí mismos estas personas. Llegan a despreciarse y a no valorarse en absoluto. Viven con la percepción de que los demás les rechazan porque no encuentran en ellos el más mínimo valor. Incluso en su propia familia se sienten menospreciados. Se ven como malos profesionales, y ejemplo de esto último era aquel magnífico abogado que para acudir a una vista oral en el juzgado, tenía que tomarse una copa para poder articular palabra. Y digo magnífico, porque realmente lo era en sus conocimientos jurídicos, aunque no así en sus pensamientos absurdos e irracionales acerca de su valía.

“Cómo es posible que no pueda acudir, piensa el fóbico social, a una junta de vecinos o a  una asamblea de padres de alumnos. Cómo es posible, sigue pensando, que no pueda entrevistarme con el tutor del colegio de mi hijo. Por qué me siento incapacitado para firmar un simple escrito ante la presencia de los demás. Por qué me tiemblan las manos cuando alguien me observa y por qué me falta el aire si tengo que hacer un simple comentario ante un grupo de gente por muy reducido que éste sea. Cuál es la razón de que en el colegio o en la universidad me coloque siempre en la última fila”. Las razones ya son sabidas y son el que nadie les vea y observe porque creen que pensarán de ellos: “ahí está el pobrecillo ese”.

El pensamiento constante, en el fóbico social, es el de no valer para nada, de no saber defender sus derechos y opiniones; en definitiva, es el considerarse “un pobre hombre”.

Sin embargo, para nada es así. Los pensamientos y comportamientos de estas personas son absurdos e ilógicos, aunque éstos les hagan vivir anclados en un mar sin salida. A través de los mecanismos cognitivos que les aporten los profesionales de la psicología clínica, muy pronto superarán este trastorno, aprendiendo a valorarse y dejando para siempre esa ansiedad y esa sintomatología que les ha condicionado. En definitiva, tendrán los mecanismos a su alcance para levar anclas.

 

 

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